La Cuarta Transformación presume soberanía, pero sobrevive gracias al superávit comercial con Estados Unidos y al dinero de las remesas. Mientras tanto, Washington aprieta el control económico y político: investiga bancos mexicanos por lavado, presiona por el fentanilo y exige resultados. La 4T no gobierna sola; depende de dólares ajenos y tolerancias geopolíticas que vienen con condiciones.
La Cuarta Transformación presume continuidad y bienestar, pero sus cifras económicas huelen a espejismo. El crecimiento es del 0%, y aún así, el gobierno sigue entregando dinero a millones de beneficiarios de programas sociales. ¿De dónde lo saca? La respuesta es incómoda, pero evidente: de Estados Unidos.
México mantiene un superávit comercial con EU de 172 mil millones de dólares, y recibe otros 64 mil millones en remesas enviadas por mexicanos que trabajan allá. El motor de la 4T no está en Palacio Nacional, ni en el petróleo, ni en la inversión pública: está del otro lado del Río Bravo.
Y sin pudor, el nuevo gobierno ya se alista a pagar parte del desastre heredado por AMLO en Pemex con bonos del Tesoro estadounidense. Una inversión de 10 mil millones de dólares que más parece un rescate encubierto que una estrategia energética. Todo esto bajo un escenario geopolítico que algunos llaman “determinismo geográfico”, pero que en realidad huele más a la vieja “política del gran garrote” que Washington aplica cuando ve debilidad. La 4T depende de EU. No simbólicamente: estructuralmente.
Canal económico: el narco, los bancos y la comodidad del silencio
En palabras de La Jornada, el objetivo de Estados Unidos en México es claro: quedarse con el negocio completo del narcotráfico. No es un tema de seguridad, es una disputa por el control financiero de una economía negra que en nuestro país mueve 44 mil millones de dólares anuales.
¿Quién lava ese dinero? No lo dice un columnista conspiranoico, lo dicen investigaciones abiertas por agencias estadounidenses: bancos mexicanos como Vector, CIBanco, Intercam, e incluso el Banco del Bienestar, esa institución “emblemática” que opera sin control y fue retirada del sistema de remesas en 2023 por sospechas de lavado.
Lo grave no es solo que los narcos operen desde México. Lo grave es que la infraestructura financiera del Estado puede estar al servicio del crimen, y eso ya no es solo un problema mexicano. Como dijo Gustavo Petro, presidente de Colombia: “Los dólares de la cocaína se quedan en México. Ya Colombia no es el mayor productor”.
Canal político: fentanilo, zombis y votos gringos
La producción y tráfico de fentanilo, con epicentro en México, se ha convertido en política interna de Estados Unidos. Mueren 130 mil estadounidenses cada año, y las imágenes de calles repletas de zombis vivos son ya parte del imaginario electoral.
Trump firmó leyes. Biden presiona. Y México… calla.
Porque la narrativa de “soberanía” que presume la 4T se desmorona cuando Estados Unidos decide perseguir bancos mexicanos, señalar al gobierno de cómplice del narco o presionar por capturas selectivas para calmar a su opinión pública.
La lección es clara: a EU no le interesa el modelo social de la 4T, ni sus programas ni su discurso. Solo quiere dos cosas:
- Que el negocio del narco sea manejable (y rentable para ellos).
- Que sus ciudadanos no mueran por drogas mexicanas.
Conclusión: el verdadero poder no se ve, pero se siente
La 4T ha construido una narrativa nacionalista, pero su sobrevivencia depende de flujos financieros que no controla y de tolerancias geopolíticas que no merece. No hay transformación sin soberanía real, y no hay soberanía cuando se compra paz social con dinero ajeno.
El futuro inmediato de México está en una cornisa peligrosa: o recuperamos el control de nuestras finanzas, de nuestros bancos, de nuestras calles y de nuestras decisiones, o nos resignamos a ser el patio trasero de una potencia que ya no disimula su garrote.
Porque hoy, más que nunca, la economía y la política mexicanas no se miden en el Zócalo, sino en Washington.
